Estás en la ventana.
Cada vez que miro, en la ventana.
Callada, inerte, invariable.
No importa lo que haga, en la ventana.
Te observo por inercia. Tu no me observas, careces de esa capacidad, solo nuestra. Esa posibilidad de sabernos vivos, esa conciencia construida del ser.
Tu incapacidad aumenta mi soledad. Soledad solo mía que no percibes ni vos, ni la ventana, ni yo, dado que te doy vida y te cuento. Te comparto algo de mí, mi esencia, mi pensamiento, y toda mi historia. Y recién, entonces, cambia algo en vos, no en mí, y te desperezas.
Ahora comienzas a verme y a escucharme. Te enseño de mi egocentrismo al darte la vida.
Nos comunicamos. Mucho más fácil es hablar contigo que con otro como yo, otro que percibe distinto a mí, otro que te hubiese dado otra vida.
Yo hablo, te cuento, y tú asientes y me aburres. Eres viva pero estás muerta por tu incapacidad de refutarme.
Juego y te enseño a retrucarme con palabras que aprendes rápido. Y el juego se torna interesante. Nos enredamos en un discurso opuesto e idéntico de hombre y montaña. Nos enfurecemos, nos peleamos y nos apasionan las palabras y mi charco de saliva contra tu corriente de cascada. Hay un torbellino de ideas que nos une y palabras que nos golpean a contra viento y nos desdoblan y chapotean contra el vidrio de la ventana en un solo escupir simultaneo, y soy hombre y soy montaña.
Puedo matarte y no lo hago. Me gusta tu compañía.
Me asusta tu sonrisa de intelectual gigante. Encontrar mi mente robada y mi cuerpo muerto.
Te sonrío y te miro, y me miras y sonríes, y dejas de pensarme, cada vez más viva, y yo te miro, y me pierdo en mí y tú ríes, y dejo de pensar, y tú ríes. Te olvido y mi puño escribe veloz y perseguido por tu sombra. Sin querer saberlo aún sonríes. Me miras, me escuchas, te ignoro y te odio y aún se siente en la nuca el susurro de tu risa de montaña, montaña calma. Yo hombre y tu montaña. Eres montaña que ríe, a carcajadas y tiembla, y tu hombre y yo cada vez más montaña, gigante y estático, y ríes y ya me cuesta matarte. Mi mente te crea y te recrea, una y otra vez sin lograr destruirte, sin poder escaparme de la persona. Y ríes cada vez más pequeña, te encojes saboreando el gusto a sal de saliva, y yo masticando la tierra y el yuyo amargo y verde en mi boca de roca gigante. Y mi mente te vive, sobre todo te vive. Pequeña persona contra gigante de roca, y la ventana como medianera, como frontera, como guerra. Y hay un muerto, cada vez más gigante y desorientado. Muerto porque quise matarte, y eras hombre y yo montaña gigante, enorme, y mueres seco en una pieza detrás de una ventana. Mueres siendo montaña, porque quise ser hombre, poderosa la mente humana, creadora de la muerte. Y mueres, mueres un poco más. Mueres porque me enseñaste a ser hombre, y tu hombre eres montaña.